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Contra todas las apariencias, el pasado sigue vivo de manera a veces dramática. El aliento de la revancha puede propiciar explicaciones simples y falsas del pasado español, pero la democracia exige primero saber, después comprender,~ también juzgar, aunque ya no vengarse. El conocimiento es la única forma adulta de constatar ese infierno fascista que fue España en la posguerra. Una democracia debe pelear por la imprescindible verdad histórica sin medias verdades ni versiones amputadas: revisar el pasado es una virtud de la historiografíá, aunque haya una forma de revisionismo culpable, la que olvida con quién estaba la razón en 1936. El relato de los años fascistas, sin embargo, todavía está tocado de esa circunspección que da el trato con enfermos contagiosos. Este libro se propone volver sin anteojeras sobre la actividad intelectual y cultural de los años treinta y cuarenta, pero atiende sobre todo a las reacciones de importantes escritores del período ante la peligrosísima propagación del virusfascista desde los años treinta. Lo padecieron todos, pero no todos se comportaron igual. Durante la guerra civil, en un bando estuvieron Baroja, Azorin, Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Josep Pla, Ramón Pérez de Ayala o Gregorio Marañón, sin que casi ninguno llegase a hacerse fascista, y en el otro estuvieron gentes liberales más enteras, como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Caries Riba, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Américo Castro o Pedro Salinas. Después, mientras la geografía dispersa del exilio se poblaba de cabezas formidables, en España surgieron intelectuales que fueron rotunda o complacientemente fascistas, dispuestos a construir el nuevo Estado de Franco: Rafael Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, Pedro Lain Entralgo, Gonzalo Torrente Ballester, José Luis L. Aranguren, Giménez Caballero o Camilo José Cela. Estos nuevos fascistas se quedan sin nervio ideológico desde finales de los cuarenta, aunque no lleguen a cambiar de ideas hasta mucho más tarde, cuando sus jóvenes cachorros se alejan del fascismo y empiezan a construir, con nuevo impulso y razón histórica, una resistencia silenciosa, mientras subsiste, pese a todo, la memoria de la tradición liberal. Y con ella aprenden a hacerse adultos, en los años cuarenta y cincuenta, jóvenes intelectuales como José María Valverde, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martin Gaite, Manuel Sacristán, José Maria Casteliet, Antonio Vilanova o Esteban Pinilla de las Heras. Con su fe en la palabra racional y antirretórica, reanudarán una ley de modernidad que el franquismo había obstruido sin lograr aniquilarla. La razón moderna y la fe en la cordura sin aspavientos delirantes había resistido silenciosamente bajo la chatarra fascista de los primeros quince años de posguerra. Y aunque la actualidad las oculte, ingrata o descuidadamente, allí están, afirma el autor, las raíces del presente. Jordi Gracia (Barcelona, 1985) es profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona y ha ejercido la crítica literaria en La Vanguardia, El Periódico y El País. Entre sus libros sobre la historia literaria e intelectual de España figuran Estado y cultura. El despenar de una conciencia crítica bajo el franquismo, 1940-1962 (Toulouse, 1996), la antología sobre El ensayo español Los contemporáneos (1996) y, en colaboración con Miguel Angel Ruiz Carnicer, La España de Franco. Cultura y vida cotidiana (2001), además de dos libros sobre las letras en la democracia, Los nuevos nombres, 1975-2000 (2000) e l-I(ios de la razón (2001).

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